Días difíciles 

Ya hace más de un mes que pasó el triste aniversario de la pérdida de nuestro segundo embarazo (y bien digo nuestro, porque tanto alegrías como sinsabores los hemos compartido con toda la familia). Desde entonces la ilusión por haber conseguido estar un año ya de espera y descanso físico ha dado paso a unos días extraños, difíciles y con muchos altibajos. El fin del verano, época que adoro, sospecho que también está teniendo que ver.

Todo lo que pasamos el terrible día y los días posteriores está volviendo a mi cabeza, recuerdos y momentos que se habían ido de mi mente, desde el traslado en ambulancia, el primer intento en el paritorio, la sangre saliendo, los goteros a pares… A veces me descubro pensativa en el trabajo distraída con estas cosas. Tampoco puedo compartir mis desvelos con muchas personas, la mayoría son más jóvenes que yo y no entienden nada sobre estas cosas.

Parece mentira que haya podido esperar un año y ahora me cuesten unos pocos meses más. En realidad este año ha pasado muy lento para mí y en él ha habido otros momentos familiares muy duros que no nos han dejado apenas tregua.

Tenemos los dos puestas muchas ilusiones en el nuevo año, pues es la fecha que nos hemos puesto para volver a empezar, puede ser un año de ilusiones y de volver a creer. Pero he tenido también un ataque de realidad, puede que suceda otra vez, ninguna estamos libre de un aborto. Puede parecer que estoy siendo pesimista, pero estoy intentando protegerme y prepararme para otro posible fracaso, quiero ser consciente de que podría ocurrir y que cuando pienso en el año que viene igual los planes no son como yo pensaba. Incluso puede que yo nunca llegue a tener hijos ¿y qué pasaría?Yo tendría mi espinita, claro que sí, pero aún así la vida puede ser maravillosa. Hay que saber ver lo bueno que tenemos en ella, que es mucho.

El tiempo dirá finalmente lo que pasa.

Recuperarse de una cesárea.

Ya hace algo más de 7 meses de mi cesárea y, a pesar de que sabía que la recuperación es más lenta que en un parto vaginal, esperaba haberme recuperado algo más a estas alturas.

Los dos primeros meses fueron los más incómodos sin duda, no he tenido dolores realmente, pero sí muchas molestias, algunas de las cuales han ido disminuyendo, otras han desaparecido del todo, pero… ¡¡Otras han aparecido!! :-O

La piel estaba algo abultada y notaba al tacto la sutura interna (que no seguía la misma línea que la exterior sino una “sonrisa” mucho más pronunciada). La notaba entumecida y cuanto más cerca de la cicatriz, más insensible. Ésta tenía un color muy oscuro parecido al vino tinto y los anclajes de las grapas eran claramente visibles. 

Las primeras semanas la piel estaba tan sensible que apenas aguantaba el roce de la ropa y fue realmente difícil llevar ropa interior con costuras que no coincidieran justo en la cicatriz, ¡¡ni medido al milímetro, oye!! La zona estaba muy dura y encorchada, imposible llevar jeans porque el botón y la cremallera tenían demasiadas costuras duras que apretaban, la barriga todavía no había disminuido. Por suerte aún no hacía frío y tiré de leggins y mallas todo lo que pude.

En cuanto a movimientos, identifiqué varios que me provocaban dolor muscular poco tiempo después: abrir las piernas y girar el tronco. Además lo descubrí en dos acciones de lo más tonto: al agacharme y abrir las piernas para ponerme en cuclillas y al sentarme en el wc y girarme en busca del papel. Estuve muchas semanas evitando estos movimientos.

Ahora mismo ya se ha ido casi toda la insensibilidad de la herida, tiene un color rosado y no hay rastro de las grapas. Puedo realizar cualquier estiramiento o movimiento, levanto peso (esto es muy relativo porque con la poca fuerza que tengo …) y me pongo toda mi ropa de antes. Pero ¡sorpresa! Ahora sí me duele la herida. Con la humedad y las bajadas de temperatura vuelvo a tener alguna molestia o picorcillos, pero lo más llamativo es que, a mitad de ciclo, (con la barriga deshinchada de la regla) comienzo a notar la incisión del útero, la que es vertical. Al levantarme por las mañanas con la vejiga llena noto la molestia y al terminar de orinar más aún y permanece por varias horas. Me desconcertó tanto notar eso a los 5 meses de la operación que solicité una revisión a mi ginecóloga, me quedé tranquila al saber que todo iba bien. Al parecer la vejiga y el útero se separan por una telilla que debe cortarse durante la cesárea. Ahora están en contacto directo y es normal que la fricción entre órganos sea incómoda. 

Espero que dentro de otros meses tenga otra mejoría y ya esté casi al 100%.

¿Cómo han ido vuestras recuperaciones? ¿Alguna “cesareada ” quiere compartir sus impresiones?

Un año más 

Como aquella canción de Mecano, otro año pasa y WordPress me recuerda que han pasado 366 días desde aquella vez. Desde aquella época en la que me levanté y decidí que quería ser feliz, que mi vida tenía mucho más sentido así. Que quería volver a sentir esa plenitud que lo inunda todo, sonreír, salir a la calle como si no hubiera un mañana y disfrutar de lo bueno de la vida. Que la vida, con o sin hijos, puede ser maravillosa: amigos, familia, vacaciones, lugares nuevos o conocidos, un olor o una canción. No podemos dejar que una mala experiencia nos impida disfrutar de todo lo bueno de este mundo. 

Un año después han pasado bastantes cosas en mi vida, otro embarazo y otro fracaso, algún problema de salud… No tengo la misma energía que antes, pero estoy en camino de conseguirlo. Para ser sincera, recordar mi buena disposición de hace un año me ha dado otro pequeño empujón.

A todas aquellas personas que han sufrido alguna situación que creen insalvable, que se encuentran sumida en la tristeza o sienten que están bloqueadas quiero decirles que no dejen de luchar. Que lo más importante es querer superarlo, querer dejar atrás los baches y abrir una nueva etapa en sus vidas. No desesperéis porque ese día llegará. Mientras tanto, cuidarse, amarse y creer.

Hoy más que nunca, superar y seguir.

Mi primera historia

Era sábado y me desperté sobre las 8. Había dormido bien y tenía la sensación de que el niño no se había movido mucho durante la noche. Últimamente ya dormía bastante bien y me despertaba apenas para cambiar de lado. Hice lo mismo, cambié de lado y me llamó la atención no notar ese leve movimiento de colocación que solía ocurrir inmediatamente después. Seguí descansando mientras mi marido dormía y volví a cambiar de lado, sin notar nada tampoco. Creo que ahí me paré a pensar en que las matronas nos habían dicho algo sobre los movimientos en el tercer trimestre, que son más sutiles y que no nos preocupáramos. No estaba preocupada, pero tampoco estaba tranquila.

Decidí levantarme al baño y ya definitivamente me empecé a preocupar. M se movía siempre mucho y no notaba ni un solo movimiento. Recordé lo que nos dijeron las matronas en las clases de preparación al parto: tumbaos del lado izquierdo y relajaos. Si no se pasa podéis tomar algo dulce y esperad una media hora a que haga efecto. Volví a la cama a tumbarme, pero no pude relajarme porque los nervios hicieron su aparición. Intenté pensar, seguro que me estaba sugestionando, como había oído que a veces pasaba, pensaba que me estaba pasando a mí. Me autoconvencía de que me estaba poniendo en lo peor sin motivo.

Aguanté poco y fui a la cocina a buscar galletas de chocolate, como pude me comí una, la preocupación que tenía encima no me permitía tragar. Me moví la barriga de un lado a otro como hizo la matrona un día en monitores, cuando M parecía dormirse. Nada. Ni un milímetro. Me angustié, estaba claro que pasaba algo. Un terremoto como M hubiera devuelto ese ataque a su espacio vital con una sinfonía de patadas. Regresé a la habitación para cumplir con la media hora de espera. Mi marido ya se había despertado.

– ¿Qué pasa?

No es muy habitual que me levante antes de las 10.

-No sé si me estoy volviendo paranoica, pero no noto moverse al niño. He ido al baño y no se mueve nada. Me he tomado una galleta a ver si hace efecto.

– Pero ¿es normal? ¿Por las mañanas se mueve menos?

Le dije que se movía igual durante todo el dí y que iba a esperar un poco más.

Él se fue al comedor. Luego me dijo que anduvo buscando información en Internet.

Yo seguía esperando el milagro, susurrando le rogaba “vamos M, vamos, muévete por favor, muévete …”, estaba al borde de las lágrimas.

Vino a ver cómo seguía y yo negué con la cabeza, creo que ya debía de tener bastante cara de preocupación. Me dijo que en Internet ponía que seguramente no era nada. Me sugirió ir al hospital para quedarnos más tranquilos y dije que sí.

Me vestí rápidamente y buscando la practicidad. No sabía si lo iba a tener hoy, si terminaría en cesárea… Me puse ropa que pudiera ponerme después y que no se ajustara mucho a la barriga. Terminé a la fuerza otra galleta y media, no soy persona sin desayunar, pero tampoco sabía si convenía comer por si al final tenía cirugía, así que tomé lo justo para aguantar un ratito.

De camino al hospital apenas hablamos , sólo recuerdo que le dije: “le pasa algo, esto no es normal. No sé qué será, pero algo tiene”. No pensaba directamente que estuviera muerto, pensaba que estaba paralizado por algún motivo. Según llegábamos empecé a considerar también esa opción. Imaginaba el momento de decirnos que no vivía, las palabras que diría la ginecóloga, me estaba preparando mentalmente para todas las posibilidades.

Llegamos a la zona de maternidad y ya estaba bastante más tranquila, no sé por qué el hospital me produce ese efecto. Le pedí a la matrona si me podía poner el ecógrafo porque no lo notaba moverse desde hacía un rato y quería quedarme tranquila. 

Ella sonrió y nos tranquilizó, que no soy la primera que viene a eso, que no cuesta nada y nos quedamos tan agusto. Ni siquiera me ató las correas, lo sujetó directamente con la mano. Lo acercó a mi piel y los tres lo percibimos sin ninguna duda: el silencio más absoluto. 

Su profesionalidad no dejó que su cara cambiase su expresión, ella seguía buscando mientras nosotros seguíamos esperando en silencio. Nos contaba que a veces pasaba, que el bebé se gira y no se encuentra fácilmente el latido, que nos solemos preocupar mucho nos pero seguro que no era nada.  Empezamos a oír una especie de zumbido lejano, costaba mucho de percibir pero parecía un corazón latiendo. Me preguntó que quién me llevaba el embarazo y llamó por teléfono a mi ginecóloga. Nos explicó que ella nos haría una ecografía y saldríamos de dudas. Aunque no lo hablamos, creo que los dos nos empezamos a asustar. No habían pasado ni 5 minutos y ya estaban llamando a la gine. Durante todo el tiempo que tardó en venir, que fue bien poco, la matrona no dejó de buscar. Incluso me llevó a una habitación vacía porque decía que tumbada se encontraría mejor, pero no fue así. Mientras tanto llamamos a mis padres para que vinieran. Realmente no era la llamada desde el hospital que se esperaban y lo cierto es que llegaron enseguida. Cuando llegó mi gine, volvimos a notar un latido lejano y por un momento llegué a tranquilizarme.

Los cuatro seguimos a la ginecóloga hacia su consulta, entramos directos a la sala de la camilla. Los segundos que tardó el programa del ecógrafo en arrancar me parecieron eternos. No hubo que esperar mucho, enseguida vimos su abdomen. En el mismo instante en que lo vi claro, ella pronunció las terribles palabras: 

-Lo siento chicos, no tiene latido.

Recuerdo a mi marido llorando y mi madre lo sacó al despacho de al lado. Mi padre, en silencio, se quedó conmigo. No podía creerlo. Pregunté  “pero ¿por qué? ¿Qué ha pasado?” Apenas cuatro días antes había ido a monitores y revisión. ¿Cómo podía estar muerto? Tenían que haber visto algo. Mi ginecóloga dijo que lamentablemente esas cosas a veces pasan, pero que a esas alturas era una tragedia, y que lo sentía muchísimo. La verdad es que su trato y el manejo de la situación, tanto suyo como el de la matrona, fueron excelentes. Ambos estamos muy agradecidos por ello. Siguió comprobando todo: líquido, placenta, posibles nudos, malformaciones…

Me indicó que pasara al potro para hacerme un tacto y comprobar algunas cosas. Todo seguía igual que en la última revisión, justo la semana anterior. Me limpié las toneladas de gel que llevaba encima, la goma del pantalón estaba bastante empapada. Pasamos a la recepción y nos empezó a explicar que lógicamente no se podía quedar el feto dentro. Todo lo que pasó en esos momentos lo recuerdo ya un poco confuso, era demasiada información en muy poco tiempo. Me dijo que la mejor opción para mí y mi salud reproductiva era la inducción del parto, no quería que tuviese una cicatriz en el útero de cara a futuros embarazos. Yo sentí bastante alivio porque el peor broche para aquel día hubiera sido una operación. Me conciencié de que ese mismo día iba a parir, lo que tanto llevaba esperando y practicando con la matrona. Fui consciente de que tenía duras horas por delante. En el fondo incluso me hacía ilusión de haber llegado hasta el parto, aunque fuera en esas circunstancias.

Firmé el consentimiento informado de la inducción, mientras me explicaba los detalles técnicos. También comentó que era necesario que, una vez nacido, alguien identificara al bebé. Ella debió de notar que nos inquietamos porque enseguida se apresuró a aclarar que no teníamos que ser necesariamente nosotros, podía hacerlo alguno de nuestros familiares. Que estuviéramos tranquilos porque no teníamos que decidirlo en ese momento y había muchas horas por delante para meditarlo. Fue cuando nos dijo que mucha gente elegía verlo, porque ayudaba mucho a iniciar el proceso de duelo. Volvió a insistir en que no teníamos que decidirlo en ese momento.

Mientras mi marido y mi padre iban a tramitar mi ingreso, mi madre y yo volvimos a planta para esperar habitación. Oí a la matrona sugerir que ese ala no era la mejor para mí y finalmente me asignaron habitación fuera del área de maternidad, en habitación individual. Me puse el camisón y enseguida vinieron a ponerme la vía. Enseguida llegó la gine a ponerme esa especie de supositorio vaginal que desencadena el parto porque comienza a ablandar el cuello del útero. Yo sentía entonces una tranquilidad bastante inexplicable. Me tumbé un rato y dejé que fuera haciendo efecto. Trajeron un monitor para dejarlo en la habitación y me comentaron por primera vez que si necesitaba analgesia o anestesia lo pidiera. Iban a ponerme bien de oxitocina para que la cosa fuera rapidita, no querían alargar el mal momento sin necesidad, teniendo en cuenta que el niño ya no iba a correr ningún peligro. 

Mis familiares se iban encargando de hacer llamadas a conocidos y demás familia. Yo ni siquiera saqué el teléfono del bolso, nos hicieron un favor haciendo ellos bastantes llamadas, no es agradable repetir lo mismo una y otra vez, esos silencios tan incómodos, las preguntas y él no saber. Tambs e interesaron por los trámites con la funeraria, si habría costes asociados y las distintas opciones del cementerio. Durante el día decidimos que iría a la zona de nonatos.

Las contracciones empezaron a aparecer, similares a un dolor de regla muy suavecito, las seguía atentamente buscando una regularidad. La amenaza de una cesárea todavía me rondaba la mente. La matrona entraba de vez en cuando a comprobar la dilatación, que iba poco a poco en aumento y me puso el monitor. Era raro ver salir sólo el gráfico de arriba en vez de los dos. Volvió a preguntar si estaba bien o tenía dolores, que pidiera lo que necesitara. Se aguantaba perfectamente. Parecían regulares pero todavía bastante espaciadas.

Sobre la hora de comer las contracciones empezaron a hacerse regulares y cada cinco minutos, mi suegra me las iba cronometrando (no sé en qué momento de la mañana llegaron al hospital). Regresó la enfermera y me repitió el tacto, unos 4 cm, ya estaba oficialmente de parto. Incluso me hizo ilusión. Tenía muchas ganas de saber lo que mi cuerpo era capaz de hacer después de semanas practicando con mi matrona con la epi-no y el masaje perineal. En ese momento me colocaron la bomba de epidural. La matrona nos hizo las veces de psicóloga durante la tarde. Nos proporcionó mucha paz hablar con ella y escuchar todo lo que tenía que decirnos.  Nos informó de que había grupos de apoyo, por si queríamos recurrir a ellos y sentirnos más reconfortados entre personas que han pasado por lo mismo. Al final nos convencimos de que seríamos nosotros los que veríamos el cuerpo.

Las siguientes horas se me pasaron bastante rápido, sobre las 6 volvió mi gine, nuevo tacto y la dilatación en aumento, 6 cm. Nuevo monitor y todo seguía sobre lo esperado. Las contracciones empezaban a agobiarme un poco porque apenas dejaban tiempo de recuperación entre unas y otras. Empecé a poner en práctica la respiración que enseñaban en las clases de preparación. Veía aumentar los números en el monitor con bastante dolor, sabiendo que todavía no habían llegado a su pico máximo. Como el anestesista todavía iba a tardar en venir, pedí la epidural cuando me la volvieran a ofrecer. Me sentí bastante orgullosa de hasta dónde había podido llegar, todos hemos oído esas horribles historias de partos y no sabes hasta qué grado de dolor puedes aguantar.

Un rato después iba camino de los quirófanos para pincharme. Iba bastante tranquila porque a pesar de tener contracciones constantemente podía estar sin moverme para que el anestesista acertara con el pinchazo. Me acuerdo perfectamente del celador que me ayudó a sentarme en la postura adecuada. Él y todos me trataron con un amor increíble, como alguien de tu propia familia. El anestesista tenía acento sudamericano y no paraba de decir tonterías para animarme. Tuvo que pincharme dos veces porque al sacar la aguja salió un poco de sangre, se había roto alguna venita y podía no hacer efecto. La sensación del líquido entrando fue un poco desagradable, pero el efecto fue inmediato. Salí de allí notando los efectos y las siguientes horas me proporcionaron mucha tranquilidad, aunque sólo me hizo efecto en un lado. Pude conversar un rato con la familia sin tener que forzar la respiración para controlar el dolor. Sólo me hizo efecto del lado izquierdo, pero el alivio fue igualmente muy agradecido. Según pasaba la tarde mi marido me iba contando con quienes de nuestros conocidos había hablado ya y qué decían, si es que decían algo. Puede parecer insensible pero no noté pena ni ganas de llorar desde que comenzó la inducción, estoy segura de que las hormonas eran las responsables de ello.

Pasó el tiempo y el dolor volvió a aparecer, y con él los agobios y las respiraciones. Como mejor estaba era de pie y apoyada sobre la cama, ni pelota, ni caminar. Con cada contracción me entraban unos calores tremendos, pero ya tenía el abanico preparado en el bolso para ese momento desde hacía días. El nuevo tacto que me hizo la matrona desveló que estaba en dilatación completa, ya no me iban a poner más anestesia porque no quedaba nada. Avisaron a la ginecóloga. No sé cuánto tiempo pasó hasta que vino, creo que fue realmente poco, pero se me hizo dura la espera por el dolor, me agarraba las sábanas para aguantar. 

Por fin llegó y fuimos directos al paritorio, la matrona le había dicho que yo empujaba muy bien y no había necesidad de bajar al bebé en la habitación. Recuerdo el paseíllo por la galería, los ojos entrecerrados y mi familia poco a poco más lejos. Apenas pude decirles nada, sólo podía concentrarme en la respiración y en mitigar el dolor. Lo que debería ser un momento de alegría había puesto en sus caras la preocupación.

En el paritorio hacía un frío tremendo, no sé de dónde la sacaron, pero allí había una manta y me la echaron por encima. Bajé de la camilla y me senté en el potro. Una de las piernas la subí bien. La otra sólo pude hasta la mitad por el efecto de la anestesia, me ayudé con el brazo. Me llamó la atención que me ataron las piernas. Me las cubrieron con unas fundas de plástico y pusieron otro plástico más sobre el abdomen. La postura del potro no hacía más que incrementar la sensación de presión sobre el hueso del pubis y las ingles. Matrona y ginecóloga me indicaron que avisara cuando tuviera las contracciones y empujara. La gine dijo que intentaría no hacerme corte en la medida de lo posible, sé que lo decía de verdad.

Al principio fue bastante bien, tenía fuerzas para dar largos pujos y las oí comentar lo bien que empujaba, me animaban constantemente. Seguía notando mucha presión. Las contracciones prácticamente se unían unas con otras, era difícil distinguir cuándo empezaba una distinta, tenía que poner toda mi atención en ello.

Pasaban los minutos y la cosa no parecía pasar de ese comienzo tan bueno. Decidieron romperme la bolsa para facilitar las cosas. Yo esperaba sentir una gran cantidad de líquido saliendo, pero apenas noté nada. Con cada empujón sonaba un “ffffffh” muy curioso. La matrona se encargaba de meter la mano y girar la cabeza del bebé. No sé si debería hacerlo igualmente o si al estar muerto había que ayudarle. El plástico de su guante rechinaba añadiéndole más incomodidad al momento.

Empezaron a murmurar entre ellas y a insistirme en empujar más fuerte. Me pareció oír la palabra desgarro. Yo hacía lo que podía, pero no conseguía bajar más al niño, estaba a la mitad del canal del parto. Decidieron que la matrona empujaría mi barriga con cada contracción al tiempo que yo pujaba. A partir de entonces tenía que avisarles del inicio de cada contracción. Era horrible. La sensación era de que me ahogaba, parecía que todo el aire que tomaba antes de empujar desaparecía. Me tranquilizaron, dijeron que era normal y que no me iba a ahogar, que era importante que no dejara de empujar. En vez de tirar de las asas del potro, tuve me empezar a empujar porque los empujones de la matrona casi me sacaban del asiento. ¿De dónde sacaría tanta fuerza esa mujer tan menudita? A esas alturas ya hacía tiempo que me había desecho de la manta y empezaba a sudar. Gran idea la de llevar el abanico al paritorio. 

Seguimos empujando las dos durante un buen rato. No había grandes avances y empezaba a estar bastante cansada. Hablaron entre ellas y decidieron pasar al parto instrumental. Me dijeron que no quedaba más remedio que cortarme un poco porque ya tenía varios desgarros importantes y no debía alargarse mucho más el expulsivo ni la pérdida de sangre.

Puso las ventosas alrededor de la cabeza del bebé y con cada pujo tiraba hacia fuera. La matrona seguía empujando mi barriga. Hicieron falta varios intentos, las ventosas salían disparadas hacia fuera pero el niño seguía dentro. Nuevamente había que colocarlas y repetir. Entre tanto intentaba recuperarme.

Por fin salió de donde estuviera atascado, al parecer uno de los hombros. Yo estaba muy muy fatigada. La ginecóloga me dijo que ahora sí que tenía que empujar, tenía que empujar ya, me lo repitió varias veces para meterme prisa. Yo ya no hablaba, sólo movía la cabeza para decir que sí o no, no podía perder las energías en eso. Me costó un poco recuperar el mínimo aliento para coger una gran bocanada de aire y empujar todo lo fuerte que me pedían.

Después de un par de intentos empezó a coronar,yo no notaba nada diferente pero lo supimos porque la matrona nos avisó y preguntó si queríamos verlo o esperar a hacerle un mínimo aseo y taparlo con una toalla. Optamos por lo segundo. Cuando estaba a punto de salir nos avisó y cerramos los ojos, aunque ya no lo recuerdo, pero creo que yo ya los tenía cerrados de antes. Sentí salir con fuerza una masa gelatinosa y dura con muchos bultos, rozándome uno de los labios. Era nuestro hijo.

No sé cuánto tiempo más estuvimos con los ojos cerrados, hasta que nos avisó la matrona. Me di cuenta de que seguía agarrada a las asas del potro. Mientras tanto la ginecologa se concentraba en la sutura. A pesar de la sangre los dos mirábamos cómo lo hacía sin inmutarnos. Mi marido fue detrás del biombo a ver al bebé. Volvió serio y me dijo si lo quería ver.  No había logrado reponerme del esfuerzo ni recuperado una respiración normal. Me dio un poco de miedo y pensé en esperar unos minutos más, dije que no con la cabeza.

Pero la oportunidad pasó, tenían que terminarme la sutura en quirófano porque uno de los desgarros estaba muy arriba e inconscientemente yo ofrecía resistencia cuando ella lo intentaba.

Mi marido salió con la familia y yo entré al quirófano de al lado. Me durmieron un poco y cuando desperté en reanimación ya había acabado todo. La matrona se puso a mi lado y me dijo que algunos familiares más habían visto al niño. Todos decían que era precioso, un niño normal, gordito, a término. Llevaba un gorrito y estaba envuelto en una mantita. Hasta en ese punto cuidaron todos los detalles, fueron geniales. Me dio una rabia y pena no poder verle ya, pero después de dos horas en reanimación ya había pasado demasiado tiempo y se lo tuvieron que llevar.

Volví a la habitación adormilada y con dolores por todas partes. Ver a los míos me reconfortó. Quedaba por delante una lenta recuperación física y otra que todavía no ha acabado.

No pensaba que fuera a salir un relato tan largo, pero a medida que iba escribiendo iban llegando a mi cabeza nuevos recuerdos y no quería dejarlos escapar. Esto lo he escrito para mí y para mi propio recuerdo, no lo he hecho para provocar reacciones ni comentarios de nadie. Pero por supuesto que, como siempre, serán bienvenidos.

Tengo pendiente…

Tengo pendiente una entrada nueva para explicar qué pasó aquel día, hace ya algo más de un año, pues estoy notando que empiezo a olvidar algunos detalles. Este triste aniversario ha sido duro de sobrellevar y, para intentar hacerlo más liviano he vuelto a trabajar porque quería pensar en otras cosas. En casa se está muy bien, para qué decir lo contrario, pero son demasiadas horas sin compañía y no dejas de darle vueltas al mismo tema una y otra vez.

Durante todo este tiempo no ha habido día que no nos hayamos acordado de él, especialmente los primeros meses. Es increíble cómo todo te recuerda a él, desde un anuncio, hasta una canción que escuchas en el coche. No creo que durante el embarazo hayamos sido conscientes, ni su padre ni yo, de que pudiera haber tantos recuerdos suyos, no lo sabíamos. De igual forma toda la familia le recuerda y le ha tenido muy presente, mes tras mes, nos mirábamos y hacíamos un breve comentario dando a entender que éramos conscientes de que otro día 8 había transcurrido.

Todavía de vez en cuando imagino cómo sería nuestra vida si él hubiera vivido, seguro que no seríamos los mismos, ni haríamos las mismas cosas. Sería una de esas madres desaliñadas y sin tiempo, corriendo por llegar al trabajo sin manchas y con un cansancio y sueño tremendos. Seguro que eso último lo llevaría fatal. A veces todavía me cruzo por la calle con un bebé de edad similar y me doy cuenta de que me he quedado embobada mirándolo. 

La fecha que debería haber sido un motivo de alegría, celebración y preparativos se ha convertido en una fecha que temíamos, que produce la inseguridad de no saber si la vas a enfrentar bien o será un día en el que el ánimo está por los suelos. La temes durante meses, la ves acercarse, llega y se va. Y se fue. Ya nunca más un primer aniversario. La semana posterior fue muy dura. Los recuerdos del hospital, la recuperación, volver a casa… Será difícil de olvidar. 

Nos lo ocultan

Se sigue haciendo todavía, la sociedad nos oculta todo lo que puede sobre los abortos involuntarios o las muertes intraútero. Quiero imaginar que en el fondo se pretende resaltar el lado maravilloso del embarazo y la espera, pero no nos hacen ningún favor. Crean la falsa sensación de que esas cosas sólo pasan a pocas personas, probablemente con algún problema previo, gente desconocida que sólo forma parte de una triste estadística. Y por desgracia ocurre con mucha más frecuencia, cuando te pasa a ti de repente comienzas a oír miles de historias de gente que conoce a otras que también han pasado por ello, incluso varias veces. Entonces, ¿por qué callamos? Estamos creando temas tabú. Cuando descubres que no eres el único dejas de sentirte señalado, ya se sabe “mal de muchos consuelo de tontos”. 

A lo que voy, pasado un tiempo intentas volver a tu rutina y eso implica cortar bastante con lo anterior. Dejar de recibir revistas, muestras de artículos, promociones… Toca darse de baja de muchas newsletters y boletines. Aquí viene otra dificultad relacionada con lo que comento. En muchas de ellas se trata tan sólo de eliminar de tu cuenta la información sobre tu embarazo quitando la fecha prevista de parto, ¿fácil verdad? Por desgracia no, en prácticamente la mitad de ellas no existe esa opción. O decides seguir recibiendo emails del embarazo semana a semana (o una vez sobrepasada la fpp, sobre la evolución del bebé) o escribes un email indicando que lo eliminen ellos. A veces no hay email de contacto o no responden. Pero de vez en cuando te llevas una sorpresa agradable, como con Baby Center. Esto es lo que apareció en la pantalla cuando eliminé la fpp de mi último embarazo.

 

Sólo puedo decir una palabra ante esto: Gracias. Lo necesitaba y lo reclamo para los demás sitios. Puede que no sea gran cosa pero me hizo sentir comprendida por alguien. ¿Os parece que tiene sentido mi reclamación o creéis que es mejor no alarmar a las embarazadas hablando de la posibilidad de un aborto?

Su lugar exacto 

La casualidad a veces es muy puñetera. Precisamente el día antes de perder al segundo bebé (pobrecito, ni nombre le habíamos puesto todavía) conocimos el lugar exacto donde está nuestro pequeño grande. Llevábamos meses tratando de quedar con el tío L para que nos lo indicara. Tuvo el detalle de ir al cementerio e informarse de dónde lo habían enterrado y de llevarle unas flores al día siguiente de su muerte. Los demás permanecíamos en el hospital intentando asimilar el golpe. Gracias L, si no es por ti nunca lo hubiéramos sabido.

Ya habíamos ido al cementerio unos meses antes para intentar localizarlo, pero la zona de nonatos es tan amplia que sólo acertamos a llegar allí y detener la búsqueda. Aunque vayas preparado para el momento, es imposible no sentirse mínimamente impresionado. De repente llegas a una zona donde sólo hay tierra y apenas una o dos sepulturas rompiendo la monotonía. Unos minúsculos mojones de piedra con un número identifican cada sepultura. Algunas aún tienen flores, pero la mayoría no tiene absolutamente nada, ni nombres, ni adornos.

Creíamos por un momento que lo habíamos encontrado, buscábamos una que tuviera flores blancas no muy estropeadas, al lado de un muro. Pero no era allí. Cuando L nos enseñó el lugar correcto vimos que nos habíamos equivocado por mucho. Estaba bastante más alejado, en una zona cercada y tapada con la tela verde típica de las obras. No había restricciones para entrar, se abre el cerrojo y se entra.

La tierra se dividía en pequeñas parcelas cuadradas y, dentro de una de ellas, sin ninguna indicación más, estaba él, compartiendo parcela con probablemente unos 10 bebés más. Apenas quedaba rastro de las flores después de casi 9 meses. Me desanimó un poco ver lo descuidado que estaba el recinto, crecían malas hierbas y parecía un trozo de tierra abandonado. Los demás rezaron unas oraciones. Yo desconecté y le hablé mentalmente, le saludé y le dije todas esas cosas que tantas ganas tenía. Me costó mucho estar ahí en ese momento, pero me da paz y me ayuda a cerrar otra etapa de este proceso. Cuando le necesite, ya sé dónde ir a buscarle.

Necesito un descanso

Me lo había dicho a mí misma durante el transcurso de mi último embarazo: saliera como saliera necesitaba poner tierra de por medio cuando acabara, desconectar del tema maternidad, preparativos, embarazo, muestras, catálogos, ofertas… Notaba que mi cuerpo no estaba al 100% como en el primero, todo lo sentía por duplicado, el sueño, el cansancio, la sensación de ahogo… 

Ahora me veo obligada a cumplir con ello por haber terminado en cesárea. En el fondo reconozco que me molesta tener que esperar “tanto” (mínimo un año), pero está resultando ser beneficioso a nivel mental. Desde un par de días he notado que ya me estoy concienciando de lo que van a ser los próximos meses. Me he dado cuenta de que había dejado bastantes tareas aparcadas por el tema maternidad y ahora es el momento de retomarlas.

Esto me ha ayudado a ver que lo necesito, quiero mimarme un poco, comprar cosas para mí y no para el bebé, pensar en mí y en mi pareja, irnos de viaje los dos en plan “tortolitos” como antaño. Y disfrutar, en definitiva, algo que no hemos podido hacer desde que se empezó a torcer el embarazo y que me ha mantenido casi enclaustrada (y un poco sigo así todavía) durante meses.

Espero grandes cosas de mí misma durante esta etapa.

Mi pequeña estrellita

Seré breve, al igual que lo fui cuando mencioné su existencia, ahora también me lo pide el cuerpo así. El pequeño bebé arcoiris se ha convertido en una hermosa estrellita. Confío en que su hermano le enseñe el camino que ha ido aprendiendo en estos meses. Desde aquí te echamos de menos todos los días y damos gracias por haberte tenido estos 5 meses y medio. Con mucho amor, mamá.

La espera desespera

Sigo a rastras con la baja y el reposo, es un hecho. Pienso en los cuatro meses que me quedan por delante y se me hacen interminables.

Lo curioso es que, a pesar de habérseme “levantado el castigo” domiciliario, que ya puedo salir más a la calle e incluso pasear, siguen alargandose los días y las semanas más de lo que me gustaría. He leído libros, revistas, artículos, he visto películas y series de tv, navegado por internet, descubierto mil y un tiendas de puericultura y moda infantil e incluso consulto el correo del trabajo a diario. Pero todo esto no es suficiente, llega un momento en que todo sobra y desearías ser un de esas personas que está de vacaciones o se da un remojón en una piscina. Te torturas pensando en la de meses que llevas deseando la llegada del verano para luego pasarlo en su mayoría en el salón de casa, persianas bajas para evitar el calor y sin ver el mundo.

Pero no todo es malo. En estas últimas semanas ha habido también progresos. Gracias a la disminución del sangrado ya he hecho alguna incursión más o menos larga, he sido capaz de bajar hasta el centro y volver sin morir en el intento, al tiempo que comprobaba la preocupante baja forma que he ido adquiriendo. Con la que se le avecina a mi pobre cuerpo, vale la pena intentar una mínima puesta a punto. Si el hematoma evoluciona como hasta ahora, creo que podré iniciar mi plan de paseos diarios no tardando mucho.

Así que me digo a mí misma y al pequeño bombón que llevo dentro, ¡¡ánimo, que no nos queda nada!! Luego ya llegarán las prisas y el no tener tiempo “ni para rascarse”  🙂 y envío también muchos ánimos a las personas que se encuentren en una situación similar. ¡¡Cómo os comprendo!!

Saludos desde el sofá, paciencia y feliz verano!!

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Aprendiendo poco a poco de la vida

Papa Bicho Raro

Un papá, que en muchos aspectos es un bicho raro.

Un papá como Darth Vader...

Porque ser papá puede ser maravilloso....

Mamá y la tribu

Blog de Crianza Sostenible

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PRIMERIZA SALVADA

Donde curiosear y sentirte identificada a través de mis experiencias con Raspilla y Bebita